lunes, 24 de diciembre de 2012

Matutino

Se veían diminutas tus pupilas frente a mi, tus cabellos caían por tus hombros y seguían hasta el nacer de tus pechos. Tu piel blanca, quizás no blanca pero si pálida, contrastaba con tus uñas turquesa. Las gotas te recorrían la piel, caían chocando contra la alfombra humedeciendo  tu alrededor, algunas suertudas llegaban a tus pies y se colaban por tus poros, otras sencillamente se perdían en tu habitación. Las manos a los costados. Frente a ese cristal te mirabas, con cara de pocos amigos. Veías tus piernas debiluchas, tu ombligo simpático y tus casi inexistentes caderas. Dejabas los ojos estáticos en tus clavículas (la parte que más te gusta), te perdías en ese relieve que nacía bajo tu cuello y se perdía en tus hombros. 
La cortina cerrada daba una sensación de libertad, sola tú en tus territorios. Paseabas como preguntándote donde estabas, ignorando completamente la hora, los quehaceres y el jaleo exterior. 
Te acuestas cerca de la ventana esperando que la brisa te acaricie la piel, cierras los ojos y sientes como lentamente las gotas de tus cabellos corren hacia el cubrecama, como intentado escapar de la escena. Te quedas ahí y un rayo de sol te soba la espalda. Te quedas ahí y esperas que vuelva (eso) y te abra los párpados, flecte las piernas y te ponga a trabajar de nuevo. "¡Hey tú! quien articula a esta individua.. ¡Vuelve! que se nos queda dormida". 

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