lunes, 19 de marzo de 2012

Intergaláctica

Me encontraba en la guarida de piratas, de compañía un gato negro me cuchicheaba, me contaba de su planeta, del sol
por las mañanas, de la lluvia casual, que no podía faltar durante el día, y su llamativo olor. Sentados frente a frente me miraba
con sus ojos felinos, mientras movía los bigotes al hablar, pude notar que se le salía una que otra muletilla (tendía a decir meow entre sus oraciones, cosa de gatos), y de vez en cuando se distraía por el tintineo incesante de la luz del bar. Yo lo escuchaba atenta y me preguntaba de qué color serían las nubes en su planeta, entre otras cosas, pero como son los gatos, no dan tiempo para que uno se entrometa en su discurso, por lo que esperaba impaciente a que cerrara la boca o tomara un sorbo de su leche, para atacarlo con mis innumerables preguntas. Pero en ese momento comenzó a sonar un piano, el gato ególatra no dejaba de hablar y me dirigía una mirada acusadora al sentir mi distracción; yo escuchaba solo sus maullidos, no le prestaba mayor atención a sus palabras, estaba atenta a las notas que volaban sobre mi cabeza y se estrellaban contra la pared, ese sonido tan característico del piano me tenía aturdida y totalmente en trance. Sin darme cuenta tenía ya los ojos cerrados y una mano sujetando mi cabeza, tan fuerte fue el efecto de aquel instrumento sobre mí.. curiosa por naturaleza, comencé a buscar dónde se encontraba tal compositor, no me costó mucho ya que se veía una gran multitud reunida ante él, y como el gato se había marchado ante mi desinterés, me levanté de la mesa y fui a conocer al pianista. Grande fue mi sorpresa cuando me encontré con un pingüino, no hacía nada más que sacudir sus alas (que si bien no podían volar, eran maestras en el acto de la música) en muestra de gratitud ante su público. Me extrañó que a su alrededor estuviera lleno de plantas, bonsáis y alguna que otra flor, y fue después que comprendí que eran los coristas de aquel espectáculo.
Totalmente descolocada volví a mi rincón, necesitaba despejar un poco la mente de tanta demencia.
Me senté en mi lugar y me perdí en la ventana, en ese universo opaco y eterno, para mi suerte eran justo las 8, y como todos sabrán es la hora donde la rotación nos topa con plutón, pegué mi cara en el vidrio y le tiré un beso, "¡En mi planeta ya casi todos te han olvidado!", le advertí, y tan sólo sonrió, "Sé que tú no y con eso me basta"; y es que cómo olvidar a tu planeta favorito?, además que estando tan lejos de casa, ninguna ley terrestre me limitaba, "Para mí sigues siendo el mejor planeta", le confesé, pero ya habíamos pasado su órbita, "para otra será", dije cayendo sobre la mesa, quedando en stand-by.


Camila

No hay comentarios:

Publicar un comentario