viernes, 4 de noviembre de 2011

Creo que fue bastante evidente la diferencia, estar con él suele irritarme más de lo que debería, me invade la ira (exageró, me molesta) y lo único que espero es llegar a mi casa, mejor dicho a mi pieza, donde puedo encontrarme, donde no hay ruidos, donde nadie es mi mejor compañía.
Es bonito mientras dura, pero la compañía excesiva tiende a irritarme, más si es con ese imbécil rondando (que se burle, que ignore y a la hora después me pregunte por qué estoy así, tan enojada, ESO es lo que más molesta. Pero como soy tan buena respondo automáticamente ante su desesperación por saber qué me ocurre un frio pero preciso nada, de esos que te hacen entender que no caben más palabras en el diálogo, que es mejor callar y no indagar más profundo, porque de ser así no tendré pelos en la lengua). Sé que lo escribo ahora, a diez o quizás veinte minutos de lo ocurrido, por lo tanto puede que aun me hierva la sangre de enojo, pero como es común en estos casos, pasará en unos instantes. Ya cuando esté en mi rutina, cuando me haya inundado los tímpanos el silencio, cuando ya baje del estruendo de la tarde y cuando el reloj me mande a dormir, sentiré su ausencia como espina en la yema de los dedos, esa que durante el día ignoras. . pero sabes que está ahí torturándote, hasta llegar a un punto que no aguantas y necesitas sacarla de ahí, y ese será el momento en que me volveré de carne, ablandaré los músculos y seré peso muerto. Tomaré el teléfono como santo remedio y al oir su voz del otro lado, me calmaré y cerrando los ojos viajaré.
Y siempre es así.

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